
Quique estaba muy triste. Su vida había caído en el abismo. No tenía fuerzas para seguir adelante.
Fue ese mismo día que agarró su mochila y fue a caminar por el bosque. Allí se encontró con el lobo y con Caperucita Roja; ellos lo saludaron muy amablemente. Conversaron durante varias horas y Quique mejoró.
También en el camino se cruzó con uno de sus discípulos: Venito Camela, que se encontraba en una encrucijada junto a Elva Nanón de Rodríguez. Simplemente los saludó, les preguntó si andaban bien, ellos asintieron con la cabeza, y Quique siguió su camino.
Estaba sediento, tenía hambre y no había llevado provisiones. Cada vez, la caminata se hacía más engorrosa, Quique no tenía consuelo.
Se detuvo en una arboleda a pensar. Se imaginó de grande: nunca creyó ser lo que sería.
Luego del descanso, continuó su viaje. A lo lejos sentía que un perro ladraba, cada vez era más fuerte el sonido, estaba ensordecido. Se trataba de un perro muy pero muy grande. Se acercó lentamente a él; Quique estaba atemorizado, tenía miedo que lo muerda.
Al cabo de unos minutos, el perro se tranquilizó y lo llevó a Quique a un pequeño refugio.
Allí había cosas ricas para comer, mucho agua fresca y una cama para descansar.
Embrollado y perdido, el futuro predicador, se tiró a descansar. Soñó con ella, si si, su gran amor.
Moraleja: Perro que ladra no muerde... inspirado en su aventura por el bosque y Walt Disney
Amén.

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